Ser tolerante hacia lo diferente no significa pecar de ingenuo o aceptar pasivamente el cinismo de los que con demagogia o a través de una retórica pseudo humanista administran un problema sin solucionarlo jamás. La realidad tiene peso propio y eso supone a veces admitir ciertas diferencias que pueden resultar incómodas, antipáticas, políticamente incorrectas, pero no por ello carentes de relevancia. Los pueblos no están determinados exclusivamente por límites geográficos, sino que siguiendo premisas colectivas, consensuando valores sociales y morales, modalidades económicas y hasta incluso aglutinándose alrededor de una religión desarrollan en el tiempo una cultura particular que los individualiza en el concierto universal de naciones. Los elementos de esa idiosincrasia tan específica pueden, a través de las migraciones, resultar un aporte positivo hacia las naciones huesped; otras veces su inserción puede ser degradante y en algunos casos, por su relativa influencia, diluidas por su escaso numero, inocua. Admitir que dos culturas ponderen en su esencia un desarrollo humano diferente no es un pecado mortal: simplemente es una definición saludable.
Afortunadamente los seres humanos hemos consensuado ciertos patrones que identifican el progreso: la tasa de mortalidad infantil, el analfabetismo, la expectativa de vida general, la capacidad de ahorro y consumo, el seguro social de la vejez e incluso los valores democráticos fundados en la libertades y garantías individuales. Discutir este tipo de cosas en el mundo moderno es casi un sacrilegio. Al menos en esta parte del mundo. Y nosotros pertenecemos a ese mundo. En ese contexto el reconocimiento de las diferencias debe ser bienvenido, asimilado de manera inteligente, sin temor y con la sensibilidad suficiente como para no cruzar la delgada línea que separa el sensato aprecio de un asunto de la xenofobia. La democracia nos compromete a ser tolerantes, es cierto, pero no nos obliga a callar las diferencias. Los chinos y los aymaras testimonian mas de cinco mil años de historia. ¿Debemos avergonzarnos por exponer que uno de esos pueblos ha legado a la humanidad la imprenta, el papel o la pólvora y el otro tuvo que perpetuar su memoria a través de otra cultura porque jamas conoció la escritura? En función de lo que cada cultura aportó a la evolución del genero humano: ¿Admitir que la inmigración supone a veces una convergencia cultural degradante puede calificarse de xenofobia?
Argentina como tantos otros países esta redescubriendo el valor de una cultura que perdió. Y que la hizo grande. En ese mundo que los argentinos admiran -el que eligen millares de compatriotas cada vez que una crisis los obliga a emigrar procurando vivir mejor- las mayorías no cuestionan el derecho que les asiste en defender su médula cultural. Son valores y premisas que les ha costado mucho construir y preservar. Por eso, cuando advierten que la amenaza cultural llega de la mano de un nuevo flujo inmigratorio sus respuestas son contundentes: si llegan es para integrarse, no para aislarse en guetos manteniendo costumbres contestatarias y radicalizadas, o pero aun, queriendo reconvertir la idiosincrasia del país anfitrión a fuerza de hechos consumados desde la marginalidad y la falta de respeto a sus leyes y costumbres. La primera razón que legitima el accionar de estas comunidades esta intimamente relacionada con su forma de vida, con la manera en que entiende su universo. La segunda es de puro orden económico y social. Administran la entrada de sus inmigrantes porque en economía, la palabra “gratis”, no existe. Toda apertura entonces supone un costo y están dispuestas a asumir dicho costo en tanto verifiquen la reciprocidad de un beneficio común. La inmigración es saludable en tanto llegue para sumar, no para crear problemas que luego sin coraje ni liderazgo la corporación política no se animará a resolver. Las sociedades modernas tienen en claro que de no hacerlo se estarán obligando a si mismas en un futuro próximo a sobrevivir en el salvaje mundo del absurdo: aceptar con cinismo lo que les resulta por intima convicción inaceptable y a repartir lo que no se genera. Un coctel peligroso que en su seno albergará una verdadera bomba de tiempo.
Cuando en el año 1998 el Dr. Carlos Menem adjudicó el contrato para la confección de los nuevos Documentos Nacionales de Identidad a un consorcio liderado por Siemens, lo hizo no solo en procura de un orden administrativo interno necesario y acorde con la época. El mismo contrato, tantas veces defenestrado, contemplaba -incluido en el costo del documento que se acordó en $ 25 + IVA- la informatización en red de 189 puestos de frontera. Muy pocos, practicamente nadie en el mundo editorial, desde entonces difundió el tema. La miopía de los medios -mas cercana a la carroña amarillista que a la objetividad periodística- se concentró en cuestionar la corrupción que enmarco aquella decisión administrativa sin advertir las implícitas obligaciones contractuales del consorcio adjudicado. Porque, aunque duela admitirlo, las fronteras argentinas son meramente formales, altamente ineficaces, y sin medios de ultima generación son una abierta invitación a la clandestinidad. Administrarlas no solo es una obligación política de nuestro estado, sino un derecho que tienen todos los argentinos de defender y honrar los valores fundacionales de su idiosincrasia a través de una eficiente administración fronteriza. Hacerlo, según las manifestaciones de esta administración totalizaría una inversión de un millón de dolares. Nada. ¿Porque no se hizo aun? Como también habría que preguntarse... ¿Porqué no se radarizó todavía el espacio aéreo argentino? Esta política inmigratoria, está claro, no es solo hipócrita, sino suicida.
Toda crisis es una oportunidad. Y la crisis de los okupas desnudó la desidia de un estado que no cumple activamente con sus obligaciones. Millares de inmigrantes bolivianos, peruanos y paraguayos se alzaron revindicando derechos que en su propia tierra los gobiernos les niegan. ¿Es justo que nuestros acotados presupuestos de salud, asistencia social, vivienda, educación o justicia sirvan para satisfacer las carencias de inmigrantes ilegales? ¿Podemos admitir la inclusión de los inmigrantes ilegales relegando en sus legítimas aspiraciones a nuestros compatriotas?
Por ultimo, no quería despedirme sin dar un ejemplo concreto de lo que significa en otros países pensar en el ser nacional. Miremos con detalle bajo que modalidad un argentino podría emigrar a un estado lindante.
DEFINICIÓN DE INMIGRANTE:
ARTICULO 5.- Se entiende por inmigrante al extranjero industrial, agricultor, inversionista en empresas de producción o comercio de exportación profesor de artes, ciencias u oficios o que realice cualquier actividad de utilidad social, no mayor de 45 años, que no adolezca de enfermedades infecto contagiosas y no esté comprendido en las causales de inadmisión previstas en este Decreto Supremo, que ingrese al país con el propósito de asentarse definitivamente en el territorio nacional, integrarse a la sociedad y trabajar en labores productivas.
EXPULSIÓN DE EXTRANJEROS:
Ud. se preguntará de que estado se trata. ¿Chile? ¿Brasil? ¿Uruguay?
No, Bolivia. Cualquier duda podrá cotejarla en http://www.consuladoboliviano.com.ar...php?q=node/108
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