De mas esta decir que universalmente, al menos en esta parte del mundo, hemos consensuado ciertos valores individuales como fundamentales y nuestra cosmovisión del estado, de lo que entendemos como estado, está asociada a la implícita garantia de la libertad individual como reconocimiento a la esencia de nuestra naturaleza. Gracias a Dios, aquellos regímenes que postulaban sacrificar la libertad individual en beneficio del interés común, terminaron consolidando con su fracaso el verdadero alcance de la libertad como valor supremo. ¿Pero que pasa cuando la necesidad de un estado se transforma en idolatría y la libertad, modulada tendenciosamente, es una simple excusa para fagocitarla? ¿Que hay detrás de los que estimulan esa idolatría e intentan modelar la opinión publica tratando de confundir liderazgos políticos circunstanciales con mesianismos que consagran subliminalmente la eficacia de la suma del poder publico? Es eso, propio de regímenes totalitarios, la triste versión que algunos alcahuetes rentados –que pasaran a la historia, cuando todo esto acabe, como los nuevos “Gomez Fuentes”- intentan construir sin mas convicción que la necesidad de un protagonismo efímero, al que llegan luego de muchos años de infructuoso trabajo entre bambalinas. Quizas lo acertado seria decir que nunca tuvieron el talento necesario para tener la exposición publica a la que hoy, por una cinica simpatia, acceden.
Decir que lo hacen solo por dinero sería terrible. Todos necesitamos trabajar, es cierto. A veces en condiciones que no son las ideales, soportando cargas severas, factores desagradables. Pero mas alla de nuestras miserias humanas debemos reservarnos –si nos queremos al menos un poquito- una dignidad visceral. Uno no se puede reir de todo todo el tiempo. No puede seguir sin condicionamientos de forma, de estilo, o de lo que fuera la linea editorial general del medio en el cual se gana la vida. Puede disimularlas, evadirlas por cortesía, por compromiso, pero subsistirán inevitablemente. En la misma naturaleza de todas las cosas las diferencias existen y afloran. Querer igualar, crear un mundo imaginario, homogéneo, cerrado, todo al mismo tiempo y convalidando la complicidad con una ironía malsana, no solo es grosero, sino hipócrita. Y 678, un programa de TV como hace tiempo no se veía en pantalla de un canal oficial -de un canal que es de todos- se sustenta justamente en esa actitud cínica, con ribetes revanchistas. Muy pobre.
Lo triste, no para el público en general sino para los panelistas en particular, es que desde aquí, en adelante y para siempre serán estigmatizados por su endeble entidad periodística y esa y no otra será una marca registrada en sus historias profesionales. Quizás disfruten de nutrir sus egos cada mañana, rodeados de los séquitos que por interés acompañan siempre pululan el area de influencia del poder de turno. Sería humanamente piadoso que algún viejo empleado del antiguo ATC, con aire paternal, le colocara la mano en el hombro a cada uno de ellos y en la soledad del camarín le susurrara al oído que lo mismo hacia Gomez Fuentes. Así le fue.
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